Un tronco seco ablandado por dos almohadones nos invita. Y buscamos. Podemos seguir el trazo de las ramas bajo el cielo. El sol construye su propio laberinto tras el filtro de las hojas. Si suena, el chistido seco de un colibrí nos habrá puesto cerca de la posibilidad de otro recorrido. Este vagabundeo con la imaginación elegirá hacer pie en las hojas, en las alas, en la luz. O puede detener su mirada en el gatito que dedica ingentes esfuerzos a perseguir su propia cola.

Que el gato encuentre su rabito y lo muerda es tan inmediato como la sorpresa dolida con la que se suelta. Pero pocos segundos después olvida o juega a que olvida y vuelve a correr tras de sí. Nosotros pasaremos los días en la misma ronda de encuentros de luz, mordidas de ramas y colibríes de olvido.

Quizás aquí, Bajo la rosa china, experimentemos algo de ello.

lunes, 29 de abril de 2013

Un poema de Francisco de Quevedo


FELICIDAD BARATA Y ARTIFICIOSA DEL POBRE

SONETO

Con testa gacha toda charla escucho; 
dejo la chanza y sigo mi provecho; 
para vivir, escóndome y acecho, 
y visto de paloma lo avechucho. 

Para tener, doy poco y pido mucho; 
si tengo pleito, arrímome al cohecho; 
ni sorbo angosto ni me calzo estrecho; 
y cátame que soy hombre machucho. 

Niego el antaño, píntome el mostacho; 
pago a Silvia el pecado, no el capricho; 
prometo y niego: y cátame muchacho. 

Vivo pajizo, no visito nicho; 
en lo que ahorro está mi buen despacho: 
y cátame dichoso, hecho y dicho. 

- . - . -

Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, catedrático de la Universidad de Barcelona. Planeta. Barcelona (España), 1996. Pp. 524-525. 

domingo, 28 de abril de 2013

Cuatro Poemas de Adrienne Rich

 
 
 
 
 
VII
¿Qué clase de bestia convertiría su vida en palabras?
¿Qué clase de expiación es ésta?
-y sin embargo, al escribir palabras como éstas, también vivo.
¿Es todo esto algo cercano a las señales aulladas por el carcayú,
esa modulada cantata de la selva?
o bien, cuando estoy lejos de vos y trato de crearte con palabras,
¿no te estoy usando simplemente como un río o una guerra?
Pero, ¿cómo usé los ríos, cómo usé las guerras
para evitar escribir la peor cosa de todas-
no los crímenes de los demás, ni siquiera nuestra propia muerte,
sino el fracaso de no desear con suficiente pasión nuestra libertad de modo
que los olmos enfermos, los ríos contaminados, las masacres parezcan
meros emblemas de esa profanación de nosotros mismos?


VIII
Puedo verme años atrás en Sunion,
con un pie infectado, lastimada, Filoctetes
en forma de mujer, rengueando el largo camino,
recostada en un acantilado encima del océano,
mirando hacia las rocas rojas donde un mudo rulo
blanco me decía que una ola había golpeado,
imaginándome la fuerza de la marea desde esa altura,
sabiendo que el suicidio deliberado no era lo mío,
y sin embargo cuidando, midiendo mi herida.
Bueno, eso ya terminó. La mujer que protegía
su sufrimiento está muerta. Soy su descendiente.
Me encanta el pañuelo que me pasó
pero desde acá quiero seguir acompañada por vos
luchando contra la tentación de seguir una carrera de dolor.
 
 
 
XIII
Las reglas se rompen como un termómetro,
el mercurio se derrama sobre los sistemas gráficos,
estamos en un país que no tiene ni lengua
ni leyes, estamos persiguiendo al cuervo y al abadejo
a través de desfiladeros inexplorados desde la tarde
sea lo que sea que hagamos es pura invención
los mapas que nos dieron estaban desactualizados
desde hacía años… estamos manejando por el desierto
preguntándonos si el agua va a alcanzar
si las alucinaciones van a convertirse en simples pueblos
la música de la radio llega clara-
ni Rosenkavalier ni Götterdämmerung
sino la voz de una mujer cantando viejas canciones
con nuevas palabras, con un suave bajo y una flauta
tocada por mujeres fuera de la ley.
 
XXI
Los oscuros dinteles, las azules piedras extranjeras
del gran círculo  por implementos de piedra,
la luz de la noche de pleno verano alzándose detrás
del horizonte – cuando dije: “una fisura de la luz”
me refería a esto. Pero esto no es Stonehenge
ni ningún otro lugar más que la mente
replegándose hacia donde su soledad,
compartida, puede ser elegida sin esa soledad,
no con facilidad, no sin dolores para marcar
el círculo, las densas sombras, la gran luz.
Yo elijo ser una figura en esa luz,
medio borrada por la oscuridad, algo que se mueve
y cruza ese espacio, el color de la piedra
saludando a la luna, pero algo más que piedra:
una mujer. Yo elijo caminar aquí. Y dibujar este círculo.

Extraído del blog hastadondellegalavoz.blogspot.com.ar. 
 Para leer los "21 poemas de amor" completos de Adrienne Rich clik acá

sábado, 27 de abril de 2013

Cuatro poemas de Roxana Miranda Rupailaf

 
Foto: Chris Maher.

v


  ¿Será que me doy vuelta
la cara
para mirar la sombra
que me volvió niebla lo oscuro?

 

Me tiemblo de mirarte ausente
y de sentirte
en las bocas que no eres.
Deseo el olvido como a la carne
en la mandíbula
de tigresa.
Mi despedazado,
sangre chorreante,
tibios miembros que muerdo
trozos que arranco y devoro
sin saciarme.


IX


Reventada 
en calles zigzagueantes
se explota los ojos con el líquido.
Respira lo verde
hasta gritar.
Abraza cualquier
música
en cualquier hombre.

Todo le produce mariposas
hasta que estas se desangran en estómago
y se vuelven de un solo color
en un encierro doloroso
de vuelos sin salida.

(extraído de  http://www.nestorbarron.com.ar/poemas/Poesia%20mapuche/Mapuche%2005.htm)













YO, PECADORA


Confieso que le he robado el alma al corazón de Cristo,
que maté a una flor por la espalda
y le disparé a la cigüeña.
Confieso
que me comí todas las manzanas
y que suspiro tres veces
al encenderse la luna.
Que le mentí a la inocencia
y golpeé a la ternura.
Confieso que he deseado a mis prójimos
y que tengo pensamientos impuros
              


                                 con un santito.
Confieso que me vendí por dinero.
Que no soy yo
y que he pecado de pensamiento,
palabra y omisión
y confieso, que no me arrepiento.




 extraído de http://www.letras.s5.com/egb220907.htm


Foto: Christer Strörholm

3


Abiertas las lunas sobre el barco
de las fiestas.

Blanco es el niño en el círculo
que lo devuelve al llanto
y a la inocencia de verse repetido
en los ojos de la madre.

Él sabe que son tres los arco-iris
que pasan por mi sangre.

Él sabe y lo repite con su oleaje.

Para él abro este mar.
Para que pasen
sus caballos por la sal
y no se ahogue.

Blanco,
transparente,
es el niño que gira diez veces
en círculo a la izquierda.

Repite el mismo movimiento
y yo extasiada
comienzo a morderle en cuatro lenguas.

Y son tres los arco-iris que él me sabe.

Y son cuatro los colores que hay adentro.

Y él todo lo sabe por presagio
por sueño venido y repetido.

Vaticinio de lunas cayendo en las almohadas
del niño atravesado por los peces.




de su libro "Invocación al Shumpall" extraído del blog  http://santamuertecartonera.blogspot.com.ar/2009/02/nuevo-libro-invocacion-al-shumpall.html

viernes, 26 de abril de 2013

Un fragmento de Vicente Huidobro





"...Soy yo Altazor el doble de mí mismo
El que se mira obrar y se ríe del otro frente a
          ( frente
El que cayó de las alturas de su estrella
125
Y viajó veinticinco años
Colgado al paracaídas de sus propios prejuicios
Soy yo Altazor el del ansia infinita
Del hambre eterno y descorazonado
Carne labrada por arados de angustia
130
¿Cómo podré dormir mientras haya adentro
          ( tierras desconocidas?
Problemas
Misterios que se cuelgan a mi pecho
Estoy solo
La distancia que va de cuerpo a cuerpo
135
Es tan grande como la que hay de alma a alma
Solo
          Solo
                    Solo
Estoy solo parado en la punta del año que
          ( agoniza
140
El universo se rompe en olas a mis pies
Los planetas giran en torno a mi cabeza
Y me despeinan al pasar con el viento que
          ( desplazan
Sin dar una respuesta que llene los abismos
Ni sentir este anhelo fabuloso que busca en la
          ( fauna del cielo
145
Un ser materno donde se duerma el corazón
Un lecho a la sombra del torbellino de enigmas
Una mano que acaricie los latidos de la fiebre..."



Fragmento de "Altazor". Canto I.

jueves, 25 de abril de 2013

Un poema de Alejandro Nicotra


Opinión sobre poetas

--Creía en ellos, 
con alguna vacilación, es cierto, 
como se cree en quienes han hablado con Dios, en sus montañas, 
y cuentan el secreto; 
pero un día 
renegué de sus bocas de pájaros mentirosos; 
después, los vi morir 
en una choza sucia, 
ciegos y balbuceando palabras sin sentido. 

Entonces volví a creer en ellos, 
en su sabiduría rota, 
ya sin ninguna sospecha de cordura. 

- . - . -

Alejandro Nicotra: Antología poética. Fondo Nacional de las Artes, Poetas argentinos contemporáneos nº 28. Buenos Aires (Argentina), 1996. Pág. 26.

miércoles, 24 de abril de 2013

Un poema de Rosabetty Muñoz


 

 

(al olor de la desgracia)




La aridez de las huertas 
terminó por cansar a todas. 
Nada, ni las zanahorias 
crecían en ese pedregal. 

 Partirse el lomo
 por un puñado de cilantro. 

¿Y las flores? Dirán.
¿Y esas dalias enormes, como árboles? 
No me recuerden a esas carnívoras. 
Parecía que lustraban sus pétalos 
al olor de la desgracias. 
Crecían, 
           se abrían 
movían sus estambres 
a medida que íbamos cayendo.

Un poema de Néstor Mux


Botellas vacías

A expensas 
del amor o el desamor. 
De las conversaciones 
--con ironías o aciertos-- 
o de la reiteración de las conversaciones. 
Del disfrute de reunirnos, 
de la inquietud de esperar. 
De la necesidad de olvidar 
y de acordarnos. 
Y de la consabida obligación 
de bajar lo sólido con lo líquido: 

se fueron amontonando --ahora a la intemperie-- 
momentos nuestros, instantes del mundo. 

- . - . -

Néstor Mux: Poesía reunida. Marcelo Vernet: Apertura y selección. Ediciones Al Margen. La Plata (Argentina), 2000. Pág. 124.

martes, 23 de abril de 2013

Un poema de Roberto D. Malatesta


HABÍAN REGRESADO LAS GARZAS

Habían regresado las garzas. 
Estaban allí tan frescas como el aire. 
Huyeron cuando la sequía bebió la laguna. 
Llegaron mucho después de que el río retomase 
su cauce normal. 
Tardaron, es cierto, pero ahora están allí, 
y yo les doy las gracias, 
no las había olvidado, 
sólo un poco sí se me había olvidado 
cómo era yo, 
cuánto más bueno, 
mirando garzas. 

- . - . -

Roberto D. Malatesta: No importa el frío. Ediciones El Arca del Sur. Santa Fe (Argentina), 2003. Pág. 47.

Un poema de Silvio Mattoni


El primer impulso


Quisiera descuidarme de mí mismo 
como la primera vez en que algo raro 
me agarró de los pelos y me puse 
a escribir, solo, sin ningún motivo. 
Cuando reaccioné, había pasado 
casi toda la tarde. En la calle 
mis amigos se estaban despidiendo, 
y me asomé al balcón, pero no quise 
gritarles. Hacía poco, me habían 
separado del coro del colegio 
porque me abandonaba mi registro 
de contralto. Empecé a estar absorto 
contemplándome. ¿Qué era esa cosa, 
ese murmullo incesante, quejumbroso 
o felizmente escéptico, fluyendo 
en mi cabeza apenas las acciones 
se demoraban? La única forma 
de parar eso era pinchar el tubo 
y hacer correr la tinta hasta que el chorro 
disminuía. Pero aquel rapto 
en la siesta de un barrio silencioso 
no vuelve ahora. El pensamiento impone 
su red de frases, aunque aún espero 
que la repetición no sea imposible. 

- . - . -

Silvio Mattoni: El descuido. Ediciones Recovecos. Córdoba (Argentina), 2007. Pág. 45.

lunes, 22 de abril de 2013

Un poema de Santiago Sylvester


(hacía mucho que no veía volar tantos patos)


Hacía mucho que no veía volar tantos patos, circular tantas estrellas: estrellarse tanto viento  en esa cala que colinda conmigo. Tal vez 
hacía mucho que no salía al mundo: salir 
por salir 
como el que llega al mundo y habla del parto. 

Y si se habla del parto, 
yo soy parte de mí: parte 
por implicado en el negocio de estar aquí: sólo una parte pero, 
dicho sin jactancia, imprescindible y 
calcáreo por dentro: resistente a la adversidad. 
/ Éste 
que se pone los zapatos, se acomoda el cinto 
y luego de respirar 
mira de nuevo volar patos, estrellarse el aire de la quemazón, crecer la cala en su cáliz sagrado, que es donde en estos días estoy formando parte de mí. 

- . - . -

Santiago Sylvester: El reloj biológico. Ediciones Del Dock, colección Pez Náufrago. Buenos Aires (Argentina), 2007. Pág. 44.

domingo, 21 de abril de 2013

Un poema de Francisco de Quevedo


A UN JUEZ MERCADERÍA

SONETO

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!, 
menos bien las estudias que las vendes; 
lo que te compran solamente entiendes; 
más que Jasón te agrada el Vellocino. 

El humano derecho y el divino, 
cuando los interpretas, los ofendes, 
y al compás que la encoges o la extiendes,
tu mano para el fallo se previno. 

No sabes escuchar ruegos baratos, 
y sólo quien te da te quita dudas; 
no te gobiernan textos, sino tratos. 

Pues que de intento y de interés no mudas, 
o lávate las manos con Pilatos, 
o, con la bolsa, ahórcate con Judas. 

[Parnaso, 112, a]

- . - . -

Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, catedrático de la Universidad de Barcelona. Editorial Planeta. Barcelona (España), 1996. Pág. 94.

sábado, 20 de abril de 2013

Un poema de Francisco de Quevedo


A UN AMIGO QUE RETIRADO DE LA CORTE PASÓ SU EDAD

SONETO

Dichoso tú, que, alegre en tu cabaña,
mozo y viejo espiraste la aura pura,
y te sirven de cuna y sepoltura
de paja el techo, el suelo de espadaña.

En esa soledad, que, libre, baña
callado el sol con lumbre más segura,
la vida al día más espacio dura,
y la hora, sin voz, te desengaña.

No cuentas por los cónsules los años;
hacen tu calendario tus cosechas;
pisas todo tu mundo sin engaños.

De todo lo que ignoras te aprovechas;
ni anhelas premios, ni padeces daños,
y te dilatas cuanto más te estrechas.

- . - . -

Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, catedrático de la universidad de Barcelona. Editorial Planeta. Barcelona (España), 1996. 

viernes, 19 de abril de 2013

Un poema de Estela Figueroa


DEPRESIÓN


II

Esta mujer no está sola 
tomando el té del atardecer. 
Piensa en sus muertos. 
Con ellos habla callada 
¡Cuánto le gustaría volver a verlos 
cuando eran jóvenes 
estaban sanos 
entre estrellas que volaban 
hacia un cielo de amor! 

- . - . -

Estela Figueroa: La forastera. Ediciones Recovecos. Córdoba (Argentina), 2007. 

jueves, 18 de abril de 2013

Un poema de Alberto Girri


VISITANTES ILUSTRES


/ Supongamos 
que en la casa de tu mente 
aparece Monet, 
/ paseándose 
desde la hora del día que nace, 
considerando el exacto 
sentir del aire, 
la temperatura, el renovado 
deslizarse de la luz, 
/ y tú 
atento a su respiración, 
contenida para no herir 
los paisajes que crea, 
crea y estudia, estudia. 

Una leve 
vuelta sobre ti mismo 
y ya habrá otro, ahora un viejo, 
quizás el rostro burlado 
del caballero de Seingalt, ruinas 
de aquel vigoroso ejemplar, 
/ Casanova 
desahogándose con blasfemias, soliloquios 
que recomponen intrigas, seducciones. 

Y de nuevas vueltas 
nuevas presencias, algunas 
más perversas, 
difíciles de expulsar, 
tenazmente aferradas, molestas. 

En la casa de tu mente, 
donde puedes, asimismo, 
darles ánimo, órdenes, 
someterles cuestiones 
y responderles, 
y que no es enemiga de nadie 
ni amiga parcial de nadie, 
y que te empuja, 
sólo te exige 
recibir sus visitas, 
como una de ellas, William Blake, 
aceptaba la imaginación, 
/ al pie de la letra. 


(1968)

- . - . -

Alberto Girri: Antología temática. Selección y prólogo de Enrique Pezzoni. Editorial Sudamericana, Colección Índice. Buenos Aires (Argentina), 1969. 

NOTA: las barras indican encabalgamiento. 

miércoles, 17 de abril de 2013

Un poema de Luis Cernuda


LÁZARO


Era de madrugada. 
Después de retirada la piedra con trabajo, 
Porque no la materia sino el tiempo 
Pesaba sobre ella, 
Oyeron una voz tranquila 
Llamándome, tal un amigo llama 
Cuando atrás queda alguno 
Fatigado de la jornada y cae la sombra. 
Hubo un silencio largo. 
Así lo cuentan ellos que lo vieron. 

Yo no recuerdo sino el frío 
Extraño que brotaba 
Desde la tierra honda, con angustia 
De entresueño, y lento iba 
A despertar el pecho, 
Donde insistió con unos golpes leves, 
Ávido de tornarse sangre tibia. 
En mi cuerpo dolía 
Un dolor vivo o un dolor soñado. 

Era otra vez la vida. 
Cuando abrí los ojos 
Fue el alba pálida quien dijo 
La verdad. Porque aquellos 
Rostros ávidos sobre mí, estaban mudos 
Mordiendo un sueño vago inferior al milagro, 
Como rebaño hosco 
Que no a la voz sino a la piedra atiende, 
Y el sudor de sus frentes 
Oí caer pesado entre las hierbas. 

Alguien dijo palabras 
De nuevo nacimiento. 
Mas no hubo allí sangre materna 
Ni vientre fecundado 
Que crea con dolor nueva vida doliente. 
Sólo anchas vendas, lienzos amarillos 
Con olor denso, desnudaban 
La carne gris y flácida tal un fruto pasado; 
No el terso cuerpo oscuro, rosa de los deseos, 
Sino el cuerpo de un hijo de la muerte. 

El cielo rojo abría hacia lo lejos 
Tras de olivos y alcores; 
El aire estaba en calma. 
Mas temblaban los cuerpos 
Como las ramas cuando el viento sopla, 
Brotando de la noche con los brazos tendidos 
Para ofrecerme su propio afán estéril. 
La luz me remordía 
Y hundí la frente sobre el polvo 
Al sentir la pereza de la muerte. 

Quise cerrar los ojos, 
Buscar la vasta sombra, 
La tiniebla primaria 
Que su venero esconde bajo el mundo 
Lavando de vergüenza la memoria. 
Cuando un alma doliente en mis entrañas 
Gritó, por las oscuras galerías 
Del cuerpo, agria, desencajada, 
Hasta chocar contra el muro de los huesos 
Y levantar mareas febriles por la sangre. 

Aquel que con su mano sostenía 
La lámpara testigo del milagro, 
Mató brusco la llama, 
Porque ya el día estaba con nosotros. 
Una rápida sombra sobrevino. 
Entonces, hondos bajo una frente, vi unos ojos 
Llenos de compasión, y hallé temblando un alma 
Donde mi alma se copiaba inmensa, 
Por el amor dueña del mundo. 

Vi unos pies que marcaban la linde de la vida, 
El borde de una túnica incolora 
Plegada, resbalando 
Hasta rozar la fosa, como un ala 
Cuando a subir tras de la luz incita. 
Sentí de nuevo el sueño, la locura 
Y el error de estar vivo, 
Siendo carne doliente día a día. 
Pero él me había llamado 
Y en mí no estaba ya sino seguirle. 

Por eso, puesto en pie, anduve silencioso 
Aunque todo para mí fuera extraño y vano, 
Mientras pensaba: así debieron ellos, 
Muerto yo, caminar llevándome a la tierra. 
La casa estaba lejos; 
Otra vez vi sus muros blancos 
Y el ciprés del huerto. 
Sobre el terrado había una estrella pálida. 
Dentro no hallamos lumbre 
En el hogar cubierto de ceniza. 

Todos le rodearon en la mesa. 
Encontré el pan amargo, sin sabor las frutas, 
El agua sin frescor, los cuerpos sin deseo; 
La palabra hermandad sonaba falsa, 
Y de la imagen del amor quedaban 
Sólo recuerdos vagos bajo el viento. 
Él conocía que todo estaba muerto 
En mí, que yo era un muerto 
Andando entre los muertos. 

Sentado a la derecha me veía 
Como aquel que festejan al retorno. 
La mano suya descansaba cerca 
Y recliné la frente sobre ella 
Con asco de mi cuerpo y de mi alma. 
Así pedí en silencio, tal se pide 
A Dios, porque su nombre 
Más vasto que los templos, los mares, las estrellas, 
Cabe en el desconsuelo del hombre que está solo, 
Fuerza para llevar la vida nuevamente. 

Así rogué, con lágrimas, 
Fuerza de soportar mi ignorancia resignado, 
Trabajando no por mi vida ni mi espíritu, 
Mas por una verdad en aquellos ojos entrevista 
Ahora. La hermosura es paciencia. 
Sé que el lirio del campo, 
Tras de su humilde oscuridad en tantas noches 
Con larga espera bajo tierra, 
Del tallo verde erguido a la corola alba, 
Irrumpe un día en gloria triunfante. 

- . - . -

Luis Cernuda: Las nubes. 1937-1938. En Luis Cernuda: La realidad y el deseo. Poesías completas. Editorial Séneca. México, 1940. 

martes, 16 de abril de 2013

Un poema de Ricardo Miguel Costa

 

VELOCIDAD CRUCERO


a Cristian Aliaga


El pensamiento se queda con esta imagen:
un pedazo de ropa clavada en el alambrado
y sacudida por el viento.

El ojo es ambicioso.
Se queda con la curva que forma la ropa en el aire.
La púa del alambre tiene mucho de lenguaje.
Se aferra a cada fleco del trapo
como la palabra a la idea 
que está próxima
a rasgarse.

El alambrado se continúa poste tras poste
y la distancia entre pensamiento y lenguaje
se borra en el último punto de la ruta.
Una recta en el desierto no dice nada
porque ahora la distancia se ha convertido
en un plano donde todo es lejano,
donde todo está por suceder,
mientras el pensamiento transcurre
en la mirada del que conduce.

Este trapo fue la vestidura de alquien que alguna vez
también condujo por esta desolación y que también
tuvo un pensamiento alambrado por el lenguaje.

Entonces, el tiempo real del pensamiento
no es la púa que desgarra al trapo
ni el viento colgado en una curva.
Es la mirada del que conduce
buscando en el horizonte
un lenguaje a donde
llegar. 



lunes, 15 de abril de 2013

Dos poemas de Charles Le Quintrec


PODER DE NACER


No existe más desnuda
región que la plegaria

De niño entré en la edad de las heridas
Por la edad de la muerte avanzo enmascarado

He visto a la muchacha de sonrisa de piedra
y conté los rebaños que prolongan los prados

No tengo otro poder que el poder de la tierra
No tengo otro saber que nacer en verano.






EL VIEJO MUNDO


El mundo va a envejecer por culpa de las ciudades
Mañana se va a cambiar el mundo de vestiduras
No he podido distinquir las islas y los navíos
y los pájaros perdidos del promontorio del Van.

En los médanos yo era el niño - ¡estrellas, canicas! -
que danzaba sobre el mar desde Groix hasta Lorient
El mundo ya no es capaz de quererse en sus criaturas
los periódicos anuncian que se está yendo al abismo.

Si la sal se vuelve sosa, si la espuma se deshace,
habremos de renunciar a nuestras viejas locuras
El mundo está vacilando entre la noche y la nada
cuando el sueño de los dioses nos conduce hacia los ídolos.




Foto extraída de /www.karmapanda.com

domingo, 14 de abril de 2013

Un poema de Luis Cernuda


LOS MARINEROS SON LAS ALAS DEL AMOR


Los marineros son las alas del amor, 
Son los espejos del amor, 
El mar les acompaña, 
Y sus ojos son rubios lo mismo que el amor 
Rubio es también, igual que son sus ojos. 

La alegría vivaz que vierten en las venas 
Rubia es también, 
Idéntica a la piel que asoman; 
No les dejéis marchar porque sonríen 
Como la libertad sonríe, 
Luz cegadora erguida sobre el mar. 

Si un marinero es mar, 
Rubio mar amoroso cuya presencia es cántico, 
No quiero la ciudad hecha de sueños grises; 
Quiero sólo ir al mar donde me anegue, 
Barca sin norte, 
Cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia. 

- . - . -

Luis Cernuda: Los placeres prohibidos. 1931. En Luis Cernuda: La realidad y el deseo. Poesías completas. Editorial Séneca. México, 1940. 

sábado, 13 de abril de 2013

Cuatro poemas de Irma Cuña

 

IV

Un extraño nace
y los destierros comienzan a amarlo.

Un extraño se atreve desde niño
a iluminar con su ojo lo sabido
y el cotidiano horror se hace patente
y el prodigio de ser cercena y mata.

Un extraño.
Roguemos para que no nos nazca
- y menos en la cuna de la casa-.

Un extraño perturba, inofensivo
pero comunitario de los solos.
Intercepta dentados engranajes
que permiten olvido y digestiones.

Un extraño.
Algunos armoniosos del maldito:
roguemos para que no nazca.

Llevemos las ofrendas
aplaquemos la ira.

Un extraño en la turba.
Un extranjero.


Fría, la luna otoñal resplandece en el álamo blanco. 
Li Po.
    Li Po tiene un álamo blanco,
álamo de agua el de Li Po.
Los nuestros son muy verdes, muy espesos.

Sólo por accidentes
se queda aislado un álamo en el valle.
Árbol sin arboleda,
tal vez ése
pueda ser el helado,
el de Li Po. 





RELACIONES I



Entro en la maraña 
a machetazos.
Orquídeas y helechos
no duran nada.
Demasiado instrumento.






RELACIONES II

Entro en el bosque
de puntitas.
Tropiezo, voy de bruces.
Poco instrumento.

Fotos Chema Madoz.
http://www.chemamadoz.com

Un poema de Antonio Esteban Agüero


DIGO LA MINGA


El trabajo en la Minga se vuelve como fiesta, 
como reunión de gentes unidas por la danza; 
no la paga moneda de níquel ni banquero, 
sino perfume y gloria de dulce Democracia. 

Allí todos son hombres como en los viejos días 
de la tribu primera cuando todo era santo: 
la luz, el aire, el fuego, las cercanas estrellas, 
el rumor de los ríos, el verdor de los pastos. 

Hombres no más vistiendo los puros atributos: 
el corazón, las manos, la mente pensadora, 
y el sexo con las claras abejas susurrantes 
donde la sangre inicia su color de amapolas. 

Hombres no más, el Hombre que se siente el hermano 
del Hombre, de las cosas de la tierra y el cielo, 
de pie como los árboles que dan nidos y sombra, 
con la morena frente desnuda de alfabetos. 

Reunidos en la Minga cosechan los trigales 
siegan con hoz la avena, la cebada, la alfalfa, 
y entre los secos tallos, crujientes y amarillos, 
del maizal enumeran las mazorcas granadas. 

Si la pareja joven que nada nombra suyo, 
salvo el amor en doble susurro compartido, 
quiere enlazar sus cuerpos la Minga le construye 
el rancho donde pueda madurar su destino. 

Desde el adobe oscuro que es greda luminosa 
hasta la puerta firme de fragante algarrobo, 
desde el fogón al techo de pajas todavía 
calientes por los nidos de perdiz o chingolo. 

Si yo tengo en el Hombre la fe que tienen otros 
en ídolos de barro, de marfil o de piedra, 
será porque lo he visto conviviendo en la Minga, 
nimbado por extraña, misteriosa belleza. 

Yo era niño, recuerdo, con los jóvenes ojos 
hambrientos de colores; yo era niño, recuerdo, 
cuando asistí en los valles donde es dulce la roca 
a la Minga y su fiesta de trabajo y esfuerzo. 

Uno a uno con el alba llegaban los vecinos 
en caballos los hombres, las mujeres en asnos 
con los niños en ancas; por las lomas se oían 
las voces y la brisa que precede a los pájaros. 

Lento desfile de hombre subiendo con el día 
al sitio donde estaba la urgencia de su ayuda; 
consigo transportaban su pan o su merienda 
o el vino que transmite la emoción de las uvas. 

Nadie era el amo allí; todos eran obreros 
con la luz en el pecho del hombre solidario; 
nadie mordía el agrio rencor ni la amargura 
del que siente en el cuello dogal de proletario. 

De vez en vez el mate su círculo cerraba 
y la caña brindaba su beso estimulante, 
mientras la Obra iba creciendo entre las manos 
como crecen las frutas de cáscara brillante. 

Cuando la luz hería las venas del Poniente 
y en el oscuro pasto los grillos despertaban, 
bajo la noche nueva del tala o la morera 
guitarras esparcieron el polen de la Zamba... 

- . - . -

Antonio Esteban Agüero: Un hombre dice su pequeño país. En Antonio Esteban Agüero: Obras completas, Tomo II. Editorial Universitaria San Luis. San Luis (Argentina), 1996.

viernes, 12 de abril de 2013

Un poema de Néstor Mux

 

POEMA 7 

a José Antonio Abdelnur

Y hablábamos de la pureza
nos alejábamos de lo efímero
de los ríos que arrastran la suciedad del hombre
y cuando ya nos habíamos convencido
que los únicos huéspedes de la tierra
eran las rosas y los dioses:
el ocio del domingo terminaba.

jueves, 11 de abril de 2013

Dos poemas de Dylan Thomas



HAY OREJAS QUE OYEN EN LAS TORRES


Hay orejas que oyen en las torres
hay manos que rezongan en la puerta,
hay ojos que en los aleros ven
los dedos en los cerrojos.
¿Debo abrir o quedarme
solo hasta el día en que muera
sin ser visto por extraños ojos
en esta casa blanca?
Manos, ¿qué guardáis, el veneno o las uvas?

Más allá de esta isla ceñida
por un delgado mar de carne
y una costa de hueso,
la tierra yace fuera del sonido
y las colinas fuera de la mente.
Ni pájaros ni peces voladores
turban el reposo de esta isla.

Hay orejas que en esta isla oyen
pasar al viento como un fuego,
hay ojos que en esta isla ven
zarpar los barcos en la bahía.
¿He de correr hacia los barcos
con el viento en el pelo
o he de quedarme hasta el día en que muera
sin dar la bienvenida a marinero alguno?
Barcos, ¿qué guardáis?, ¿el veneno o las uvas?

Hay manos que rezongan en la puerta,
barcos que zarpan de la bahía,
la lluvia golpea la arena y el tejado.
¿He de recibir al extranjero
y al marinero dar la bienvenida,
o he de quedarme hasta el día en que muera?
Manos del extranjero y amarras de los barcos
¿qué guardáis, el veneno o las uvas?





CUANDO DE PRONTO LOS CERROJOS DEL CREPÚSCULO


Cuando de pronto los cerrojos del crepúsculo
ya no encerraron el largo gusano de mi dedo
ni maldijeron al mar enroscado en mi puño,
la boca del tiempo sorbió como una esponja
el ácido lechoso en cada gozne
y se tragó los líquidos del pecho hasta secarlo.

Cuando el mar de galaxia fue sorbido
y liberado todo el lecho seco del mar,
envié a mi criatura para explorar el globo,
el mismo globo de pelos y osamenta
que cosido a mí mismo por mi mente y mis nervios,
mi frasco de materia ligara a su costilla.

Mis fusibles calcularon el tiempo para impulsar su corazón,
él estalló, hecho polvo, hacia la luz
y celebró con el sol un pequeño sabático,
pero cuando los astros asumiendo su forma
dibujaron las briznas del sueño en sus ojos,
ahogó dentro de un sueño las magias de su padre.

Todo surgió armado de la tumba
el cáncer pelirrojo, vivo aún,
los ojos velados de cataratas con sus turbios tejidos;
algunos muertos deshicieron sus quijadas tupidas,
y hubo bolsas de sangre que soltaron sus moscas;
él supo de memoria el sendero de cruces funerarias.

El sueño navega las mareas del tiempo;
el áspero sargazo de la tumba
entrega a sus muertos en este mar tan laborioso;
y el sueño mudo rueda por los lechos
donde las sombras comen el alimento de los peces
y a través de las flores, emergen hacia el cielo.

Cuando de pronto giraron las tuercas del crepúsculo,
y la leche materna fue dura como arena,
envié a mi propio embajador hacia la luz;
por truco o por azar él se durmió
y por arte de magia se armó de una osamenta
para robarme los fluidos en su corazón.

Despierta, mi durmiente, hacia el sol,
trabajador en la mañana pueblerina
y deja a este soñoliento en el sitio en que yace;
han caído los cercos de la luz,
sólo quedan en pie los jinetes más diestros,
y hay mundos que cuelgan de los árboles.

miércoles, 10 de abril de 2013

Un poema de Sam Hamill


Montañas y ríos sin fin


Luego de hacer el amor, somos como ríos
que descienden de la cima de las altas cumbres.

Permanecemos en la quietud, nos movemos
tranquilos en la profundidad del peligro

dos ríos penetrando el océano
serenos, como si nada tuviera importancia:

sosegadamente, pero con gran energía
confluyendo en las aguas cada vez más profundas.

- . - . -

Sam Hamill: Un canto pisano. Selección poética. Versiones Esteban Moore. Postales Japonesas Editora. Córdoba (Argentina), 2010. 

martes, 9 de abril de 2013

Dos poemas de Claudia Prado

 

 

1899- El vestido

2

Se movía en la cocina
dsifrutando a su manera
la mañana
y el cuerpo descansado.
Afuera
el sol caía puro y sin calor
sobre las piedras,
el pasto, los zanjones.
Cuando el fuego comenzó
a trepar por su vestido
no recordó
que estaba sola.

Casi nunca
comentan los detalles:
el humo
detrás suyo por la puerta,
ella corriendo por el campo.
Prefieren repetir
que los hombres
como siempre estaban lejos
y hablan de las graves 
definitivas consecuencias
de un descuido. 


Manzana

Al gato le gusta esa manzana mordida,
pero no sabe si comerla o pedirle unos mimos.
Ronronea y ofrece la cabeza y el lomo
esperando caricias de una fruta.
Si tu gato que es sabio confunde
dos gustos tan dispares, por qué yo
con esta cabeza menos clara
no voy a confunfir lo dulce en el sexo
con lo dulce en el amor, y por que 
no voy a sacar conclusiones 
extrañas de esa equivocación. 



Foto: http://www.heraldo.es



Tres poemas de Fina García Marruz

 

SI 

¿Cómo desconfiar
aún, si bajo
la losa gris, la
cimentada piedra,
sacó la lengua
invencible
esa yerbita verde?


NO AVANZA LA OLA SIEMPRE: RETROCEDE

No avanza la ola siempre: retrocede
para embestir de nuevo con más fuerza.
Siempre no sube el fuego. Oscilando
con su temblor alumbra, fiel, la vela.

Parpadear que es de fuego y de vigilia
del alama viva. Todo lo viviente
ha de avanzar así con inseguro
paso que rompa la niebla espesa.

Gana perdiendo así, cree dudando,
su fuerza aumenta en la retrocedida
fatal que lo derriba por el suelo.


Porque nada se pierda: tu has querido
que el descender acrezca la subida,
perdamos como olas, como fuegos. 


EL HUESPED


Qué raro es el amor, qué raro
aun entre amantes
que se aman, aun en el seno
de la casa materna,
la entrañable,
qué instante
tan raro aquel en que él irrumpe
de otro modo,
súbito como un golpe,
el amor dentro del amor,
qué raro ese minuto
de compasión total, pura,
sin causa,
sin posible respuesta
ni duración
posible, qué raro
que a nadie hayamos
amado, acaso, más,
que a ese niño ajeno, en México,
que a ese que pasó hablando
consigo mismo,
que a aquella odiada mujer,
porque, de pronto,
su bata de casa nos miró desolada,
un fragmento de su espalda
nos hizo llorar
como la más arrebatadora música,
qué extraña
crecida sin palabras.
Hemos corrompido
de mentira y de uso
la palabra
amor,
y ya no sabemos
cómo entendernos: habría
que decirlo de otro modo,
o callarlo, mejor,
no sea cosa
que se vaya, el insólito
Huésped.